Él no es perfecto, le falta mucho para empezar
tiene sus cosas malas y buenas:
Cansado y trabajador,
él hacía lo mejor que podía
para mantener a todos felices
algo utópicamente imposible.
Es por eso mis fieles lectores,
Sus ojos son el océano,
agua cristalina en calma,
que alimenta a los seres
llenándoles el alma.
Nadaría esas aguas enteras,
me perdería en su mirar.
Nunca he visto algo que se parezca,
a esa bondad que ellos transmitirán.
Su rostro es de porcelana,
hecho por los más finos artistas.
¡Cómo me gustaría tocarla,
su piel parece la seda misma!
Sus manos son muy delicadas,
parecen de una muñequita:
y al suavemente rozarlas,
la electricidad no es poquita.
Atravesaría cordilleras
montañas y montes,
para ver su cara angelical.
Contemplarla causa mil desbordes,
de pasión, ternura, y más.
Cruzaría todo el polo norte,
aunque parezca fuera sin razón.
Quiero que lo sepa y que esto importe,
pues yo escribo desde el corazón.
Tu sonrisa es alegre
y difícil de evitar.
Es hermosa y muy notoria,
cuando hablas sin cesar.
Tus amigas te incitaron
a que vuelvas a expresar
esa dentadura blanca,
los hoyuelos y algo más.
Se me hace difícil descubrir
por qué me has cautivado
serán esos labios lindos
o esos ojos que te han dado.
Tal vez sea ese cabello
largo y sedoso hasta el final.
Podré no ser de la realeza,
pero te trataré como tal.
Eludirte no es sencillo
brillas cual estrella fugaz.
Pero tu como ellas no mueres:
brillas cada vez más.
Pero más aún resultaría
lograr acercarme y hablar,
pues soy tímido en demasía;
puño y letra, mi expresar.
La angustia penetra el alma
dejando todo adentro vacío
cual gélida puñalada sin calma
después de reaccionar de modo tardío.
Ese abrazo, fría companía,
quedará grabado en demasía.
Tan necesaria es su dulce agonía
por no haber confesado lo que sentía.
Y aquella lágrima, tibia pero también fría,
recorre bajando los alpes de mi rostro
arrepentido de no haber rozado
Esos labios tan lindos y carnosos.
Y aquella sonrisa y esos verdes ojos,
han de grabarse en lo profundo de mi ser.
Mas no te preocupes, no podré olvidarte,
pues día y noche habré de soñarte.
Poco a poco va pasando,
el guerrero la tempestad.
Las aguas se tornaron calmas,
no hay demonios por matar.
Ancla el barco el capitán,
a unos metros de la orilla.
No hace falta el altamar,
ni esconderse tras la escotilla.
Ya el sendero se adentra,
en la oscura selva tupida.
Sin embargo no hay nadie,
solo hierba sin estampida.
De repente, en un claro,
una cascada y agua limpia.
Decide por fin relajarse
Ya que fue larga la corrida.
Se propone un campamento,
hecho de hojas de palmera.
Su cobijo son luna y estrellas,
en su mente aquella belleza.